Preparando
temas a tratar en una de las anteriores reuniones, alguien sugirió hablar del
Greco dado el Centenario que se cumple en este 2.014. Uno de los tertulianos
(creo recordar a Fernando Elena), advirtió: ¿Queda algo que no sepamos?, y
curioso que soy además de ignorante, he dedicado algo de mi mucho tiempo a
bucear lo escrito sobre “Domingo El Griego” por gente más cualificada.
Entre
lo mucho publicado, he tropezado con la obra de Fernando Marías Franco,
académico de número de la Real Academia de la Historia, y por ser una novedad
(al menos para mí) sus escritos y opiniones sobre el personaje, he copiado
algunos párrafos de las mismas y los incorporo a esta mención del Greco.
Ni místico ni español
A separar una y otra
ha dedicado años Fernando
Marías,
autor de la gran obra sobre el artista
cretense: El
Greco. Historia de un pintor extravagante (Nerea). Recién ampliado y reeditado, el libro de Marías
es un concienzudo repaso a una vida de la que se sabía poco y a una obra de la
que se ha dicho de todo. También una máquina de demoler lugares comunes.
Coordinador científico de la Fundación
El Greco 2014, creada para conmemorar el cuarto centenario de la muerte del
artista, es también el comisario de El
griego de Toledo,
la gran exposición antológica —la primera en Toledo curiosamente— que en marzo
podrá verse en el Museo de Santa Cruz. En su libro Fernando Marías traza un
perfil de El Greco alejado de los tópicos que lo retratan como hombre religioso
apartado del mundanal ruido, pero integrado en la sociedad toledana hasta hacer
de su obra el símbolo del alma española. “El problema que venimos arrastrando
con El Greco en el imaginario colectivo”, explica el historiador en su casa de
Madrid, “es que se nos ha vendido como un pintor hermético del que se sabe muy
poco y redescubierto en torno a 1900. O sea, un artista con interpretación,
pero sin documentación. Y eso es falso. Se empezó la casa por el tejado”. Hace
un siglo, cuenta, se conocían 37 documentos; ahora, más de 500, a los que hay
que añadir sus abundantes anotaciones a Vitruvio y Vasari: “Hoy tenemos un
perfil muy diferente. ¿Un artista apartado y dócil? ¡Si machaca a pleitos a sus
clientes y es un impertinente con Felipe II! No entrega el san Mauricio porque
dice que no le llegan los lienzos desde Venecia… Es lo contrario de un místico
despegado de la realidad: interesadísimo por el dinero, buscando estrategias
comerciales, siempre en números rojos y justificando su pintura con argumentos
que nada tienen que ver con la religión. Cualquiera que escribe sobre arte en
esa época habla de pintura religiosa en cada párrafo, y en las 20.000 palabras
de sus notas no hay una sola sobre religión”. Por el lado de la españolidad del
pintor, Marías es igual de contundente: “Hemos hecho un Greco español hasta las
cachas, pero él juega a otra cosa. Firma sus cuadros en griego y se presenta
como un pintor de Grecia que además está a la última porque se ha modernizado
en Italia. Se considera un hombre extravagante, distinto. Por eso su pintura
tiene que ser distinta y tener un precio distinto. Tiene que cobrar más porque
tiene valores añadidos”.
Con esas
pretensiones, el choque de El Greco con la realidad española es frontal. Si en
Italia se tenía a los pintores en cierta consideración intelectual, en España
sus deseos de libertad, su altísima autoestima y su idea de lo que era un
artista choca con un concepto mucho más artesanal de la pintura. Se adaptó de
mala manera al mercado hispano, pero se adaptó. Y el modo en que lo hizo es la
espina dorsal de otra de las grandes exposiciones toledanas del año que viene: El Greco. Arte y
oficio.
Su comisaria, Leticia Ruiz, jefa
de pintura española del Renacimiento del Museo del Prado, cuenta en su despacho
de la pinacoteca que la muestra —“muy pedagógica”— tratará de explicar qué es
un gran greco, qué es un greco y taller, qué es un taller solo y qué son las
copias. Reivindicando, además, la idea misma de taller. “Nosotros, por mor del
mercado artístico, rebajamos el concepto taller, que es básico hasta el
romanticismo, momento en que empezamos a sobrevalorar la idea de obra única”,
dice.
Respecto a la adaptación de El Greco, Leticia Ruiz señala su reconversión
en artista total, es decir, en pintor-diseñador de retablos, lo que le llevará
a montar un obrador con aprendices, entalladores, doradores y ensambladores.
Una empresa con media docena larga de empleados que además introducirá en
España algo habitual en Europa: un grabador que ayude a difundir masivamente
los cuadros. Hoy lo llamarían nueva línea de negocio. Poniendo orden en tal
océano de imágenes y culminando el trabajo iniciado por José Álvarez Lopera,
fallecido hace cinco años, Leticia Ruiz tiene previsto presentar en 2016 el
catálogo razonado de El Greco. Para ello revisa el que Harold Wethey estableció
en 1962 con 286 obras. Con el taller serían entre 300 y 400.
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Leyendo a D. Fernando
Marías, cabe preguntarse: ¿Ha visto el vídeo-presentación publicado en la
página de la fundación “El Greco 2014” de la que él es Comisario? Hay gran
diferencia en el tratamiento que se da en el vídeo a Doménikos y los
calificativos y opiniones nada favorables que le dedica en sus artículos.
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Yo intentaré ser imparcial (no tengo conocimientos suficientes para opinar), y me limitaré a subir aquí un modesto trabajo en relación con los acontecimientos que unieron a Dómenikos Theotokópoulos con nuestro querido pueblo.
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